3/8/15

Hermano

Por unos segundos todo fue calma y silencio. Una tranquilidad maternal en la que nosotros éramos los protagonistas.
Gracias a mi madre, gracias a mi padre, gracias a ambos, ahora mismo podía estar haciendo lo que estaba haciendo.
Mi mano, pequeña y dulce en aquel momento de mi niñez, estaba pegada a la barriga de mi madre, quien miraba para abajo para contemplar ese tan ansiado momento que nunca antes habíamos presenciado.
Mi padre estaba a su lado, con la misma expresión en el rostro, apoyando sus manos en los hombros de mi madre.
Me sentía confusa, era extraña la sensación de tocar una barriga que, hace tan pocos meses era tan pequeña, tan plana, tan perfecta y, que en tan poco tiempo había crecido de tal manera.
Alcé la cabeza y miré a mi madre incrédula.
Mi mano seguía posada con cuidado en el que, desde mi punto de vista, era el lado derecho de su vientre.
En unas milésimas de segundo, algo se movió dentro de la barriga de mi madre.
Me asusté, pero no aparté la mano. Solo abrí mucho los ojos antes de sonreír de oreja a oreja.
Aparté la mano rápidamente y abracé la barriga de mi madre, apoyando con delicadeza la oreja derecha a esa gran barriga de la que había formado parte durante los inicios de mi existencia.
Ambos habíamos estado en el interior de nuestra madre, ambos teníamos algo que nos unía de una manera que sólo él y yo sabríamos entender.
Desde aquel momento, experimente ese sentimiento de amor, ese amor de verdad.
Porque, no hace falta ver para querer.




No hay comentarios:

Publicar un comentario