5/9/15

Mamá

Están en la calle. En casa. En el súper de la esquina. En las oficinas con ascensor. En la cafetería en la que sirven café amargo con sonrisa. En las escuelas. En los hospitales. En los restaurantes caros de cuatro tenedores y en los burgers.
Están en la cama cinco horas. En la cocina tres. En el trabajo doce. En el coche dos. Y todavía les sobran dos horas para dedicarlas a preocuparse, a mimos y arropos, a escuchar, a dar y no recibir.
De aguantar chaparrones y regalar su paraguas; de ahorrar para algún capricho para otros; de tres trozos de tarta y ser cuatro, y renunciar a su pedazo para que lo disfrute otro. 
Son de energía infinita, de mirada cansada y sonrisa grande. De arrugas en la frente cuando se ríen, de raíces en el pelo y maquillaje discreto.
De tacones al salir a la calle, de zapato plano al conducir, de pantuflas al andar por casa, de pies descalzos al salir de la ducha.
Son de ‘llévate una chaqueta por si acaso’, de ‘come más que estás muy delgado’, de ‘que bonita te ves cuando sonríes’.



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